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viernes, 30 de mayo de 2014

Anodino

Aunque por mi expresión creas que sí, a mí ya no puedes engañarme. 
Deseas verte reflejado en las pupilas asombradas de la gente; las personas somos para ti sólo un medio para un fin. Actuamos como un filtro óptico, una suerte de espejo deformante que favorece, a través de su percepción distorsionada, que aparezcas como un ser libre de melena al viento, sagaz como un lince. Siempre fantaseando con que tu vida no se ha teñido de hastío, desayunos descafeinados y zapatillas de cuadros, alimentando el engaño de que aún es posible montar una revolución en tu interior para seguir soñando con que aquella insurgencia adolescente armada de buenas intenciones tomará en breve las riendas de un futuro que siempre se aleja. Pero te pierdes en la sima de tu consciencia y vives buscándote en la superficie brillante de hombres y mujeres espejo. Te muestras expansivo, irradiándote como la luz de un faro, imponente, monolítico y sin dobleces; si te asomaras alguna vez hacia adentro, verías, como todos, que sigue ahí aquel infante que fuiste, el tímido, el retraído, el que no destacaba por nada.
Ahora eres un poco más grande y tal vez más inteligente, pero tus miedos siguen siendo los mismos. Hace años, la excusa para dormir con tus padres era la oscuridad; ahora, el pretexto para esconderte se llama rutina. En definitiva, trucos para evitar el quedarte a solas, para distraer a tus fantasmas. 
Imagino que te espanta el hecho de verte como un ser anodino, uno de esos del montón que se sientan en la tercera o cuarta fila y que desde allí observa lo que ocurre a quienes tienen el privilegio de estar en el escenario. Me entristece comprobar que tu vida se está convirtiendo en una especie de Speakers' Corner; tú, con sólo un taburete, te fabricas un púlpito e imaginas una audiencia que te aplaude antes de que se cierre el telón. Puede que sin querer, o tal vez queriendo, te hayas ido acostumbrando a las renuncias encubiertas y a las mentiras disfrazadas para no tener que asumir que vives aplazando eternamente las reformas de tu vida, instalado en la comodidad de las felicitaciones por nada, de las palmaditas en la espalda y de la mediocridad de un adulto atrapado en su niñez. Sé que es por eso por lo que aparcas proyectos en arcenes de carreteras que caerán en el olvido, pues en el fondo, el miedo te paraliza, y que prefieres jugar y conformarte con sucedáneos de ese ideal al que no te atreves a mirar de frente. 
Yo te observo, te escucho, y como una ilusa aún confío en que algún día te atreverás a intentarlo, pero no como un acto de cara a la galería, sino para demostrarte a ti mismo que puedes, y ahogar así esas voces interiores que te cuentan que el idealismo ha muerto y que lo sensato es conformarse con esto.

© Cristina R.  G.

martes, 13 de mayo de 2014

Diseño vital

Existen determinados momentos en la vida en los que todo sigue un orden lógico, lineal; las conclusiones se suceden de unas premisas muy claras y no hay nada ambiguo que nuble tu juicio. Aparecen siempre distintas alternativas y eres consciente de que sólo una es verdadera y las demás son todas falsas. Esto funciona así durante un tiempo y ayuda a que no levantes demasiado la voz, a que te comas el pescado que aborreces, a que estudies o a que no te fíes de desconocidos.
Pero hay cosas más complejas, asuntos en los que no existe una opción correcta; se abren distintos caminos y, si ya te costaba elegir entre fresa o chocolate en la heladería del barrio, ahora esto supone un reto insalvable. Nadie te ha enseñado a tomar decisiones, ni te han contado que elegir conlleva a veces perder o equivocarse, y es por eso que a veces te resistes a aceptarlo. Deseas ganar, tenerlo todo, pero eso no es posible, y empieza a dolerte que el hecho de renunciar a cosas forme parte de la vida. Y te haces tus listas, con el debe y el haber, los pros y los contras. Podrás pedir consejos, emular a alguien que te parezca admirable, perder tu identidad. Es este un método de difusión de tu responsabilidad, algo fácil, sin mayor complicación. Harás entonces lo que los demás esperan de ti, como estudiar Derecho para agradar a tus padres o consumir lo que consumen tus amigos, qué sé yo. 
Así que, sigues el plan que te han trazado desde que naciste, ese mapa ¿perfecto? sin carreteras secundarias que te llevará hasta la zona de confort que alguien decidió que era la tuya. Y te dejas llevar con los ojos vendados, seguirás esa inercia ajena pero cómoda y de esta forma no tendrás que decidir, ni hacer ninguna lista, ni cuestionarte qué es lo que deseas, ni elegir entre todas las opciones.
Y si todo sale mal, no será culpa tuya, eso lo sabes, pues no son tus elecciones. Habrán sido las mías, las de tu familia, las que te habían marcado el azar o las estrellas. Y sabes bien que contra eso, tú no puedes hacer nada, pues llevas grabado a fuego que el destino es algo que está escrito. O al menos, eso te gustará decir.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Fortalezas




Empezaste con un puñado de guijarros que te ibas encontrando durante las primeras escapadas. Al principio no sabías muy bien cómo colocarlos, eras demasiado pequeño, y torpe, muy torpe. Nadie podía adivinar tus planes; quizá pensaban que era una manera de pasar el tiempo, un juego de niños, algo inocente, a saber. Yo también lo ignoro, y la verdad, prefiero seguir haciéndolo, pues ya no tengo ningún interés en acercarme a ti. Atrás quedan mis intentos de rescate. Pero no pienso callarme, no ahora, que te veo ahí encerrado, prisionero de ti mismo, inmovilizado en tu propio parapeto.
Después de los guijarros llegaron piedras más grandes, y tu torpeza desapareció. Llegaste a convertirte en un perfecto constructor de fortalezas infernales, pero estabas muy equivocado, reconócelo. El control que buscabas, la protección, el miedo a todo y el amor a nada acabaron enterrándote, pero no me subestimes; soy capaz de vislumbrar todas tus debilidades a través de ese muro intimidatorio que has creado. Sí, te veo, ¿y sabes lo que veo? Veo a un animal lleno de rabia retorciéndose en un foso de aguas turbias, cegado por la estúpida ilusión de quien se considera invulnerable, incapaz de darse cuenta de que se está ahogando en sus propias maldiciones. Tu fortaleza no refleja lo que eres, no te engañes; sólo refleja aquello de lo que careces. Pero dime, ¿qué sientes ahora que nadie puede acceder a ti? ¿Qué se siente al no ser acariciado? ¿Eres capaz de llorar a veces o ni siquiera eso?
Crees que estás a salvo, pero estás solo frente a tu enemigo, ese amigo disfrazado que un día te ayudó a recoger los primeros guijarros y que no supiste reconocer como el lado más débil de ti mismo.
Es posible que un día, cuando hayas terminado de pagar el precio de ser fuerte, te des cuenta de que hubieras preferido la debilidad. Pero entonces ya estarás solo.